viernes, 26 de julio de 2013

La Máquina


Estaba aún oscuro cuando desperté, sentí cómo los vellos de mi brazo se erizaban por el frío que hacía en ese momento, me rasqué los ojos para despertar por completo cuando sentí el eco típico que estaba tan acostumbrada a oír, desde siempre ese sonido había acompañado mi vida, me levanté de un salto de la cama y salí de mi habitación en puntillas, la intención no era el no hacer ruido sino que el piso estaba tan helado que mis pies se rehusaban a tocarlo, a medida que avanzaba a través de la oscuridad sentía una mezcla de lástima y orgullo, no sé si existe ese sentimiento pero era justo lo que yo sentía. En mitad de mi trayecto desvíe la ruta y fui a la cocina, encendí el fogón y puse la tetera con poca agua para que hirviera pronto, entonces me devolví y caminé hacia el cuarto  desde dónde provenía el sonido, parecía el ruido que hace una locomotora al deslizarse por las vías, claro que debía ser una locomotora más bien pequeñita o un tren que pasaba a lo lejos ya que el sonido era suave pero permanente, por debajo  se veía la luz encendida, entonces empujé suavemente  la puerta para observar la imagen que tantas veces había visto: ella estaba sentada sobre un cojín en la silla con la espalda arqueada y tan absorta en su trabajo que no notó mi presencia, maquinalmente se quitó un mechón de cabello que le caía sobre la frente y lo puso detrás de la oreja, sin quitar la vista de la costura recta que hacía su máquina, con el pie al compás de una melodía añeja iba creando su obra de arte, llevaba la huincha de medir en el cuello colgada, ya era parte de su atuendo habitual, y siempre de su ropa colgaban hilachas de distintos colores según las costuras que tuviera ese día. Sentí pena por verla trabajar hasta tan tarde, tantas noches en vela para cumplir lo prometido a las señoras elegantes que llegaban por la casa día tras día con sus arreglos y hechuras. Recordé los bellos trajes que esta humilde mujer había fabricado, dignos de una gran tienda  pero con la manufactura de una dueña de casa cansada, vestidos llenos de colores, faldas con ruedos tan grandes que yo cuando niña jugaba a que eran míos y giraba para verlos rodar a mi alrededor,  pequeñitos trajes para muñecas, los que luego eran vendidos en el Supermercado cercano con un embalaje tan sofisticado que parecían de la misma Barbie, yo siempre los quería para mi muñeca y ella me dejaba probárselos mientras terminaba los demás. Incluso el vestido de Novia de mi hermana fue tela en blanco en las manos de mi madre, se veía tan hermosa con su vestido entallado y lleno de blondas y detalles, hasta yo bromeaba que parecía un pastel, jajá.
Estaba con la sonrisa pintada en el rostro por los recuerdos cuando escuché el pitido de la tetera gritando a punto de reventar y corrí a la cocina para callarla, puse una bolsa de té en la taza y le volqué agua hirviendo encima,  revolví con cuidado para no salpicar y la tome con ambas manos para aprovechar el calor, entonces se la llevé a mi madre y me quedé haciéndole compañía un rato, me gustaba mucho ver cómo cosía, yo misma le ayudaba desde pequeña sacando los moldes de las “Burdas” que le enviaba sagradamente mi tía desde Hamburgo (Revista Alemana con patrones para costureras) o hilvanando algún trabajo, claro que no tenía la misma paciencia  a la hora de sentarme frente a la máquina, yo quería que todo saliera rápido y odiaba tener que deshacer si alguna costura me quedaba chueca, en cambio ella podía coser y deshacer cuantas veces fuera necesario hasta quedar conforme con su labor.
De pronto mis sentidos se agudizaron porque oí un timbre a lo lejos, miré a todos lados pero no encontraba cual era su procedencia, sonreí al imaginarme que era la vieja máquina de coser que estaba sonando tan extraño, entonces empecé a escuchar susurros y voces que hablaban a lo lejos algo incoherente, un sollozo algo molesto por lo repetitivo y monótono, y no entendía nada, y todo ese sonido ¿de dónde venía?  Miré a mi madre en busca de respuesta pero ella empezó a desvanecerse frente a mí, a medida que iba volviéndose transparente yo iba sintiendo un pesar sobre mí, una tristeza absoluta que me mantenía quieta en mi sitio, aunque quería avanzar un paso y abrazarla para evitar que se esfumara,  entonces abrí los ojos y volví a la realidad, desperté de mi sueño y miré a los pies de mi cama el vestido negro que yo misma había cosido el día anterior para asistir al funeral de mi madre. Tal vez fue la pastilla que me tomé para calmar los nervios la que me hizo recordar esa noche la forma en que vi a mi madre toda su vida: frente a su vieja máquina de coser realizando costuras para ganarse la vida.

(imagen gentileza de http://3.bp.blogspot.com)

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