En 1998 tenía 17 años, era una adolescente desorientada y depresiva que no sentía ganas de vivir, en casa la vida y la convivencia eran difíciles, los problemas económicos y las rebeldías de mi hermana menor hacían insoportable pasar un tiempo allí, cada vez que me encontraba varada en casa sólo oía quejas y discusiones, buscaba refugio en el dormitorio que compartía con mis 2 hermanos pequeños por lo que era realmente imposible hallar un momento de paz ahí. Por esa razón dilataba lo más que podía mi llegada, alargaba las jornadas al máximo con tal de no encontrarme con nadie despierto cuando volviera. Realmente mi vida era un asco, sentía un vacío inmenso y nada me motivaba lo suficiente como para esforzarme, los fines de semana los pasaba en fiestas y celebraciones con amigos de carrete, pero la verdad era que no sentía ningún incentivo en ello, supongo que prefería estar con mis compañeros de fiesta que sentirme un estorbo y una molestia en casa. Tenía una especie de relación amorosa con un chico un par de años mayor, pero en realidad no era más que alguien para no estar sola. No tenía más ganas de vivir, mi vida no tenía sentido y mientras más buscaba y meditaba alguna excusa para mi existencia, menos veía algo que me atara a este mundo, pensé que quitarme la vida era lo más real y próximo que podía hacer. Una tarde de enero, cuando el termómetro marcaba la temperatura más alta en la historia de Chile por el bendito Fenómeno del Niño, empecé a caminar ideando en mi cabeza la forma menos dolorosa y más dramática para llevar a cabo mi plan suicida. En la plaza las personas se bañaban en las piletas con 37 grados de calor y en las noticias mostraban a la gente de Concepción con 40,3 grados desesperada y yo, en medio de la multitud ajena a este fenómeno de la naturaleza sintiendo que mi insignificante existencia pasaba desapercibida y que sería mejor dejarlo hasta ahí, total para nadie habría gran diferencia, la vida sigue igual versaba una canción a lo lejos…
Sin nada claro en mi cabeza llegué a la casa y tomé mi agenda para escribir las que serían mis últimas palabras, al menos debía dejar un registro de mis razones pensé, entonces abrí la página del calendario y noté que en este mes no estaban marcados los 4 días que religiosamente anotaba cada mes, la visitante estrella, la que venía todos los mese sin tardanza este mes, justo este mes, no aparecía, pensé en las consecuencias de todo esto y me aterré, ¡ay por Dios! Otro drama más y creí que seguir con mis planes era lo más adecuado. Esa noche no pude dormir, mi cabeza daba vueltas con miles de ideas aterradoras sobre los días siguientes. A la mañana siguiente salí rumbo al liceo, pero me desvié al consultorio, en donde luego de varias horas de espera y avergonzada por tener que explicar la razón de mi visita a cuanta enfermera o secretaria me preguntara, logré que me atendiera la profesional de la salud que correspondía. Me examinó y puso un aparato sobre mí que se sintió helado en mi vientre plano...
Ahí escuché por primera vez los latidos del corazón de mi hija y ahí por primera vez encontré la razón para vivir que necesitaba, y la razón de mi existencia que nunca antes había comprendido.

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